Alguna vez tuve la idea que alguien podría revisar ese cajón de mi mesa de noche, donde habitan mis recuerdos como un collage de fotos, claro como toda intuición tiene un por qué, en este caso la razón era la curiosidad de mi madre el principal argumento para mis sospechas.
La mañana que empecé a ordenar ese mar de información, descubrí cosas bastante embarazosas, la foto del baile de promoción, cartas de algunas ex-enamoradas, y un par de paquetes de preservativos, los cuales sobresalían en ese sub mundo de mi habitación con picardía propia.
Llegada la tarde andaba por el supermercado, sin olvidar todo mi pudor descubierto por la mañana, cuando me tope frente a un aparatito denominado: Alarma para Cajones, era un cuadrado negro, muy parecido a las antiguas grabadoras de audio, poseía una superficie pegajosa y así lograr encajarlo en alguna de las paredes del cajón en protección. El mecanismo era sencillo, tenía un sensor de movimiento, es decir, al momento que un intruso intente deslizar tu cajón para poner sus narices en los rincones de la privacidad, el sensor se activará y sonará una alarma para advertir la presencia de fuerzas ajenas.
Debo confesar que no quede tan convencido de este objeto, vamos si no estás en casa no importará la bulla que haga, siempre será vulnerable a cualquier intención poco leal. Es por la poca seguridad que aún pienso en guardar mis pertenencias en otro lugar de la casa, no en cajones, no debajo de un colchón, no en algún armario o closet, sino entre los libros de mi biblioteca, donde se pierden entre las páginas amarillas de los libros y el vuelo armonioso de polillas caprichosas a devorarse el pasado impreso en hojas de papel.

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